

I have nothing to say
and I am saying it / and that is
poetry / as I need it.
John Cage («Lecture on Nothing», 1949)
FOTOS VACÍAS
El periodista Felix Winter dispara su Polaroid a través de la ventanilla del avión. Alicia, su jovencísima acompañante, toma de inmediato el papel instantáneo de la bandeja de la cámara, con la inquieta curiosidad propia de una niña. «No se ve nada», dice enseguida, un tanto defraudada. «Espera unos minutos y se verá muy nítido», responde el adulto, a modo de profeta. Tras una conversación muy breve de nuestros viajeros con la azafata, Alicia contempla de nuevo el rectángulo de papel, en el que ya se ha revelado la imagen. Pronuncia entonces aquella sentencia memorable: «Es una bonita foto, muy vacía».
A muchos nos agradan las imágenes despejadas y desocupadas, como a la protagonista de Alicia en las ciudades (Wim Wenders, 1974). Claro que el vacío, como el silencio, resulta siempre polisémico y puede traslucir significados muy diversos (cuando no contrapuestos). El propio diálogo que acabamos de evocar parece hablarnos, en su brevedad, de una «nada» ciega y de otra capaz de vívidas visiones. Los artistas, quizá en especial los menos figurativos, nos han enseñado a explorar los vastos territorios de esta paradoja. La nómina sería interminable, pero asomarán seguro el perro de Goya, los cuadrados de Malévich, las pinturas de Rothko o los silencios de Cage.
Todas las fotografías de esta serie, titulada Nada que decir, recogen fragmentos de muros y otras estructuras urbanas en las que se evidencia la desaparición de mensajes escritos o visuales. Pueden ser restos de celos u otros adhesivos que sostenían carteles ahora inexistentes. También parches de pintura destinados a ocultar escritos y grafismos previos, a modo de palimpsestos mudos.
La supresión de dichos mensajes puede responder a motivos diversos, desde el paso inexorable del tiempo (a veces revestido de fracaso) hasta eliminaciones mucho más intencionadas y dirigidas. Parece, en cualquier caso, que la comunicación gráfica se reserva cada vez más para las empresas pudientes y en una serie de espacios acotados, tan exclusivos como excluyentes.
Estas imágenes intentan explorar la vertiente estética y contemplativa de los silencios y vacíos generados por estos procesos cotidianos de nuestras ciudades. No son ajenas a sugerencias abiertas en torno a la memoria ni eluden la melancolía inherente a la presencia de una ausencia. Pero su contenido también implica cierto grado de denuncia, resistencia y anhelo de participación. Porque esta desaparición de los mensajes parece constatar el abandono de nuestro mundo analógico y físico en aras de otro digital y virtual. Parece que aquel se disuelve en la nada, siguiendo una transformación que se antoja inversa a la del proceso químico de las viejas Polaroid.
Nada que decir
















































