

Más que una obra plástica como tal, considero este proyecto como una acción, un ejercicio personal de consciencia del tiempo y del presente con el que intenté terminar 2025 con un acontecimiento o jalón discreto pero significativo.
Cuando faltaba poco para terminar el año, decidí mirar al cielo cada jornada, un poco antes del mediodía. No sabía lo que me depararían estos nueve días finales e invernales del año. De hecho, sigo ignorando el propósito último de este ejercicio. La excusa de obtener cada día una imagen del cielo me permitió, en cualquier caso, abrir un espacio de contemplación y alejarme de los objetivos o resultados preconcebidos.
Al fin y al cabo, desde tiempo inmemorial, nuestros ancestros han observado el firmamento y lo han interpretado en busca de algún signo que pudiera encauzar la esperanza futura. No aguardaba, por mi parte, ninguna revelación extraordinaria. Pero me parecía sano dejarme llevar por esta mirada abierta y elucubradora, que quizá no sea sino la inocente proyección de nuestros anhelos.
Los primeros días resultaron muy cambiantes y sugerían una secuencia que comenzó muy encapotada pero desembocó, el día de Navidad, en el único cielo azul sin atenuantes de esta «novena» invernal. Variados, con más desorden, me resultaron los días siguientes. Algunos, como el quinto o el sexto, me sorprendieron además en mitad de un viaje y lejos de mi domicilio habitual. La serie se cerró con dos jornadas neblinosas y repetitivas a más no poder, quizá las de apariencia más anodina. No es, desde luego, el final cerrado y redondo imaginado por un guionista, ni el que quizá esperaríamos, acostumbrados al clímax artificial de los finales felices. Continúo sin entender el sentido de todo esto, pero sigo meditando en ello. Supongo que no puede, ni debe, ser de otro modo.
9 días mirando al cielo


